18 jul. 2009

La zona del silencio

En tiempos prehistóricos esta gran extensión de tierra estuvo sumergida bajo las aguas del llamado Mar de Thetis, como lo demuestra la gran cantidad de fósiles marinos que se encuentran en ella. Hacia el periodo eoceno de la Era Cenozoica, hace unos treinta millones de años, se originaron fuertes cambios orogénicos que hicieron emerger las grandes masas continentales. Se calcula que hace un millón de años el desierto chihuahuense adquirió su morfología actual.

En la parte central del Bolsón de Mapimí se localiza un área que ha despertado un interés inusitado y que ha sido bautizada como la Zona del Silencio. El enigmático nombre es digno corolario al sinfín de mitos que han surgido en torno a ella. Extrañamente, la Zona no tiene un lugar preciso de localización.

La historia comienza a principios de los años setenta, cuando un cohete de la NASA, el Athena, al parecer perdió el control y fue a caer en la región. De inmediato un equipo de especialistas estadounidenses llegó para localizar el artefacto y contrataron algunos lugareños para ayudar a peinar la zona. Curiosamente, a pesar de todos los recursos empleados, incluyendo aviones, la búsqueda se prolongó por varias semanas. Finalmente, localizado el cohete, se tendió un corto tramo de vía desde la estación de Carrillo, para sacarlos restos del aparato y, además, bajo el supuesto de que estaban contaminadas con desechos radiactivos, se embarcaron varias toneladas de tierra del área vecina al lugar del impacto. Las operaciones se realizaron bajo un fuerte dispositivo de seguridad, de manera que ni los lugareños pudieron ver los restos del cohete. Tanto misterio despertó sospechas y originó rumores.

Poco después, un lugareño radicado en Ceballos, Durango, dijo haber localizado una zona en la cual no se escuchaba la radio. El fenómeno fue investigado por especialistas de la ciudad de Torreón. Surgió entonces la hipótesis de la existencia de una especie de cono magnético sobre la región que provocaba ionizaciones en la atmósfera que bloqueaban la transmisión de las ondas de radio

Y aquí comenzó la leyenda. Además de la Zona del Silencio, la presencia de bancos de fósiles, de áreas con gran concentración de fragmentos de aerolitos, la existencia en la región de una especie endémica de tortuga del desierto, y de la abundancia de nopales violáceos de escasa distribución, sirvió de base para conferirle al área características sobrenaturales e inventar una serie de mitos: desde el absurdo de que al entrar a la Zona del Silencio no se podía escuchar la conversación de otras personas, hasta la aberrante idea de que el lugar es una base de aterrizaje de extraterrestres.

Así creció la fama y el número de visitantes. Los charlatanes tomaron ventaja de la situación ofreciendo excursiones masivas a la zona en busca de experiencias paranormales únicas. Pronto surgió la versión de que justo al otro lado del mundo, en algún lugar del Tíbet o Nepal, existía una zona con las mismas características, por lo que se consideró a la zona como un polo donde se concentraba la energía terrestre. Los excursionistas en poco tiempo se dieron cuenta que no era fácil encontrar la Zona del Silencio, por lo que hubo que replantearse la hipótesis del cono magnético, argumentándose que éste cambiaba de lugar según las condiciones de la atmósfera, e incluso se consideró la presencia de varias "manchas de silencio" que se desplazaba continuamente por el desierto, en forma errática. Los habitantes del lugar vieron aparecer, intrigados, a numerosos grupos de personas que llegan buscando OVNIS o a celebrar extravagantes ceremonias para "recargarse" con la energía del universo; ellos no han visto hasta ahora nada extraño en la región.

Las consecuencias de la avalancha humana no se hicieron esperar: de los bancos fósiles hoy sólo queda el nombre; todos han sido saqueados. En su lugar se encuentran apilamientos de piedras formando círculos con estrellas de David en el interior, en los cuales se llevan a cabo ritos de conexiones intergalácticas. También las puntas de flechas o chuzos que los antiguos indígenas usaban para pescar o cazar, se están agotando. Dada su mala situación económica, los lugareños vieron en el comercio de fósiles una fuente de ingresos y aún, actualmente, se venden fósiles de diversos tipos, extraídos de bancos secretos cuya localización guardan celosamente.

El paisaje también ha sufrido la depredación. Una gran cantidad de pequeñas cactáceas han sido desprendidas para ser vendidas en el extranjero, donde son muy cotizadas. La fauna, principalmente especies exóticas, como la tortuga del desierto, han sido acosadas a tal grado que se encuentran al borde de la extinción.

Sol, sol y calor. Un calor agobiante que embota los sentidos y adormece el entendimiento. En el verano, a mediodía, es común que la temperatura llegue a 45°C, a la sombra. La singular figura del Centro de San Ignacio, punto culminante del Bolsón de Mapimí, constituye la referencia guía para orientarse en el desierto.

A pesar de la notoria aridez de la región, la variedad de flora y fauna es sorprendente. Sobre la planicie predomina la gobernadora, que invade el ambiente con su olor característico; la sabaneta, una de las plantas forrajeras más abundantes de la zona, forma también extensos pastizales, y los ocotillos con sus largas ramas espinosas elevándose hacia el cielo, parecen implorar un poco de agua. Sobre las laderas de los cerros es mayor la diversidad biológica: aparecen magueyales y cactáceas, algunas de ellas endémicas de la región, las altas yucas dominan el escenario, y durante la primavera sus floridos penachos destacan en el paisaje. Se encuentra también la sangregada y la candelilla, curiosa planta que, para evitar la pérdida de agua, ha desarrollado una cubierta protectora de cera. Las nopaleras son abundantes, principalmente de especies rastreras y cegadoras; pero también son frecuentes los nopales violáceos con sus características espinas largas que le nacen en los bordes; es un placer contemplar la rica variedad de tonos verde-violeta que lucen estas plantas. Al borde de las lagunas y arroyos intermitentes, crecen algunos mezquites de profundas raíces; su fresca sombra provee un refugio contra los calcinantes rayos solares...

Manos recias y piel curtida por el fuerte sol caracterizan a Miguel Garcia, comisariado ejidal de Las Lilas, lejano poblado en el que viven 18 familias.
"No, por aqui no pasa nada", expreso al negar posibles avistamientos de naves o meteoros, señalando que la vida en la desertica zona es tranquila, aunque no facil. Al darle la mano, se percibe la rudeza del trabajo que ejecuta don Miguel y la aridez del clima que le ha agrietado la piel.
En regiones como esta, se establecen fideicomisos de riesgo compartido para estimular la ganaderia con capital gubernamental, y hacer posible la economia de la region. En particular, en Las Lilas se invirtieron este año 224 millones 51 mil pesos para habilitar ocho mil 865 hectareas de agostadero con 350 "unidades animal" que equivalen a vacas con becerro o bien, caballos.
Siguiendo la indicacion de don Miguel, fue posible dar con un banco de fosiles, otro elemento de interes que tambien posee la Zona del Silencio.
Por haber sido en la Era Cenozoica parte del Mar de Thetis, el gran desierto chihuahuense que abarca esta region esta lleno de caracoles y conchas marinas fosilizados, que esporadicamente surgen de las candentes arenas. Un letrero pide a los visitantes que no se lleven los fosiles, pero dificilmente alguien vigila que la orden se cumpla.
Solo estan presentes los extraños nopales de color violeta, los numerosos cactus que llaman "viejitos" por sus espinas que simulan cabello blanco, los nopales rastreros que sirven de alimento al ganado, o matorrales como el hojase o la gobernadora.
La fauna silvestre de la region incluye las escasas tortugas endogenas, que estan siendo conservadas en el Instituto de Estudios del Desierto para evitar su extincion, asi como a veloces liebres, palomas silvestres que cantan al salir el sol, uno que otro coyote, y otros reptiles que por fortuna permanecen ocultos en tiempo de calor.
Para abandonar la Zona del Silencio, hay que batallar con los peligrosos bancos de arena, en los que los vehiculos pueden quedarse varados. El calor es sofocante. Poco a poco se va reduciendo la alta efige del Pastelone al alejarse hacia la carretera, sin perder su aspecto de crater lunar, similar a los que muestra en la lejania la Sierra del Diablo.
La atmosfera sorprendente de un desierto magnetico, que atrae meteoros a la Tierra y donde el silencio reina a lo largo de kilometros de blancas arenas, quedo atras, al fin. Regresar de la Zona del Silencio es como volver de otro mundo a la realidad.

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